miércoles, 30 de noviembre de 2011

La postura al mamar

Caben todas las posibilidades que uno pueda imaginar.
En brazos, tripa con tripa; con las piernas del bebé hacia atrás tipo “balón de rugby”; tumbados de lado; el bebé tumbado y la mamá sobre él; de pie; bailando si quieres… Lo importante es que sea cómoda para ambos y en ningún caso debe doler. Si duele, es mejor “desengancharle” y permitirle que coja de nuevo pezón y areola.
Lo que hay que tener en cuenta, sobre todo al principio, es que debe estar muy pegado a ti, con la cabeza bien sujeta y la nariz pegada a la areola.

Un paso atrás... sólo para tomar impulso

Amamanté 21 meses a mi hijo mayor, hasta que me dijo “tu teta, puag, quiero cola-cao”, y llevo casi 9 con el pequeño, y desde esa perspectiva, escribo estas líneas.
En mi corta experiencia dando de mamar he superado distintos obstáculos y cada día ha sido una nueva meta.
Como muchas otras yo también he pasado por todas las dudas posibles… Y no estuve sola, y tuve apoyo, pero aún así, dudé.

¿Podré dar el pecho?

Durante el embarazo te planteas cómo será todo cuando nazca: ver su carita, cambiarle la ropa, alimentarle… Y al menos en mi imaginación, todo era tranquilo, pausado, idílico.
La realidad no siempre es la misma, y las prisas y los llantos son frecuentes. Las noches en vela pueden convertirse en una constante y la forma de asimilar todo lo nuevo que sucede (en tu cuerpo y en tu mundo) determinará muchos aspectos futuros.
Me parece curioso que estando en el paritorio, mientras estaban limpiando al niño y haciéndole las pruebas pertinentes, el enfermero, rellenando la cartilla, me preguntó “¿Lactancia materna, artificial o mixta?”. Yo respondí, como no era de otra manera dado que soy primeriza y no contaba con experiencia anterior ni conocía absolutamente nada sobre lactancia: “materna, si puedo claro…”, y pensé qué quién sería la persona que respondiera “yo lactancia mixta”… No puedes decidir dar el pecho de día, y el biberón de noche, o un poquito de pecho, y el complemento, por si se queda con hambre…
Además has pensado durante nueve meses cómo vas a criarle y si te decides por la lactancia materna, lo haces bajo la coletilla de “si tengo leche, le daré el pecho”.
En este momento yo me pregunto “¿tienes ombligo?”, la respuesta es obvia. Entonces, ¿por qué no vas a tener leche?
Mi madre no pudo, su leche “no era buena”. Aún en el caso de que eso fuera 100% cierto (me quedo con mi duda, porque yo era un recién nacido y no pude opinar), no se hereda.
Aquí, la máxima es que si quieres, puedes. Pero tienes que querer.

Hablando de sentimientos

No quiero convencer, ni remover conciencias. Se trata de contar una experiencia, la mía.
Vivimos en un mundo en el que, por suerte, elegimos. Decidimos en cada momento porque podemos hacerlo, tenemos herramientas para buscar soluciones a los problemas y medios para llevarlas a cabo. Sin embargo a veces elegimos no elegir, y caemos en gregarismos. Nos dejamos llevar por la masa.
“El niño llora, será que se queda con hambre. Dale un biberón de complemento”. Ese complemento aboca a la lactancia materna al fracaso, pero no te lo van a contar. Tampoco te van a decir cómo te sentirás cuando el niño esté confundido y no sepa por qué mamá le da un bibe teniendo la teta tan a mano… O si va a ser tan pequeño que va a “colar” lo del bibe, pero claro, luego ya no querrá teta… Todo eso no te lo dicen. Sólo hay tablas, percentiles y a veces, a pesar de que todo eso sea correcto, simples impresiones que se trazan en sentencias a una madre que no puede asumir todo.
Sólo pretendo hablar de sentimientos. De mis sentimientos, de los de mis hijos, de los de mi marido.
Lo mejor que me pasa cada día (y es mucho decir, porque hay día en los que pasan cosas muy buenas) es el momento en el que me mira y me dice “ata” (que en su lengua de trapo significa “teta”) y se pone ansioso mientras me desabrocho. Luego le miro, y sonríe, y mama a todo gas unos minutos (muy pocos, siempre ha sido un niño de “teta Express”). Y después me acaricia.
Recuerdo que, cuando nació y la lactancia materna se tambaleaba, yo pensaba, “un mes más, y si no lo dejo…” Después de 21 meses, el día que él decidió dejarlo me dió una pena horrible, pero no fui yo quien le quitó el privilegio. Ahora miro a Iván y pienso, "sigue así mucho tiempo, hijo".
Al principio es cansado, igual que con biberón, o quizá algo menos, porque aunque no te puedes repartir ninguna toma con el papá, no tienes que levantarte a preparar biberones, calentar agua, medir leche, sentarte… Eso desvela. Se lo puedes dar recostada, sin encender la luz, y luego seguir durmiendo. Que os quedáis dormidos a medias, mejor que mejor, cuando os despertéis, cambio de postura, y a la otra teta.
Óscar se tiraba todo el día al pecho, Iván, también. Nunca ha seguido unas horas y yo no he mirado el reloj. A veces mama quince minutos de cada una y otras veces tres y sólo de una. Poco a poco él se fue normalizando, y se marcó sus propias pautas.  Iván, el pequeño, hace lo mismo.
La naturaleza es sabia, y se regula sola. Pero lo lógico es que sea cambiante, con el tiempo, con los días… Eso de “desde los dos meses duerme toda la noche del tirón…” o “le tienes mal acostumbrado porque el mío llora un poquito y luego se duerme…” me parecen utopías. Puedo contar con los dedos las noches que no se han despertado.
De hecho, si algún día no toma pecho, no sé cómo voy a calmarle por la noche, porque me parece lo más sencillo del mundo. Un trago, el olor de mamá, y dormido como un tronco.
Analizando las ventajas y los inconvenientes de la lactancia materna, la balanza se decanta en mi caso por las primeras.
El “boom” hormonal fue bajando paulatinamente, al contrario que si hubiera tomado medicación para bloquear la subida de leche, el sentimiento de tristeza que te puede invadir tras el parto se minimiza, la sensación de apego al recién nacido es mayor dado que come de ti, y esa experiencia es tanto o más gratificante que sentirle moverse en la tripa.
A nivel del niño éste obtiene todas las defensas que su madre le transmite. No corres el riego de empacharle, se elimina el riesgo de alergias, previene los cólicos del lactante, toma lo que realmente necesita (si la lactancia es a demanda), tiene el líquido que necesita (no hay que darle agua, que ya lo adapta él solito, a la carta), se siente más protegido por su madre ya que tiene el contacto constante con su piel, y aprende a succionar de forma natural.
Y en cuanto a la madre, la lactancia previene varios tipos de cáncer, osteoporosis y otras enfermedades, retrasa la llegada de la menstruación, lo que es positivo para que la madre se encuentre con fuerzas y no pierda hierro, consigue que el cuerpo se recupere del parto más rápido, sin esfuerzos, te obliga  atener una alimentación sana y equilibrada y tomar mucho líquido, algo fundamental para cualquier organismo y que a veces no ponemos en práctica… Y lo que es más importante, y que yo veo como una ventaja (habrá quien lo vea como un inconveniente, claro está) es que sólo lo puedes hacer tú. Cualquier persona le podrá hacer o dar a tu hijo cualquier otra cosa, pero el pecho es tuyo, y por supuesto ese momento, también.
Y como no podía ser de otro modo, también tiene cosas peores. El pecho se descompensa en ocasiones según tome más o menos de cada pecho, pierde forma por las constantes subidas del principio, que hacen que se hinche y se deshinche varias veces al día, si usas la lactancia como método anticonceptivo puedes tener alguna sorpresa (sólo funciona en casos concretos donde la lactancia es totalmente exclusiva y a demanda, no con horarios, sin saltarte ni una toma, y sólo durante los primeros seis meses del bebé). Hay quien dice que es esclavo, aunque yo no lo veo así, para mí es más esclavizante tener que salir a la calle con todo preparado “por si acaso”.

Dar de mamar: ayer y hoy

Dar de mamar es algo natural, instintivo e intuitivo, y sin embargo se presenta como un reto muy difícil de afrontar.
Una vez me dieron un consejo, el mejor que he podido aplicar: “Cuando tienes un hijo, hazle caso a tu sentido común”. El sentido común se infravalora y menosprecia en una sociedad plagada de fuentes documentales, revistas que todo lo saben y que chocan con las opiniones de las resabiadas abuelas que confían en la antigua usanza, Internet mal usado, enfermeras que te “orientan” para que introduzcas alimentos en la dieta de tu hijo a un determinado mes y no a otro, programas de televisión que te ayudan a educar a tus hijos con unas sencillas pautas, libros que proponen técnicas de aprendizaje para todo: dormir, comer, crear hábitos a base de condicionamientos… ¿Dónde queda el pensamiento propio?
Si a las dificultades normales de ser madre les añades tanta información que no consigues canalizar correctamente y sin tener una experiencia previa para discernir lo que es coherente y lo que no, el feliz proceso de lactar puede resultar traumático.
Hace años (y no tantos como cabe pensar) las mujeres tenían a sus hijos solas, o con una pequeña ayuda (o guía) externa, pero siguiendo lo que les marcaba su cuerpo. Hoy día no escuchamos a nuestro cuerpo porque no nos interesa; lo que tiene que decir es contrario a lo que marca “nuestra sociedad”. Los bebés nacían y eran, como ahora, igual de frágiles e indefensos, pero entonces, al contrario que hoy, sus madres lo primero que hacían era besarlos y abrazarlos, y acto seguido, ponerlos al pecho. Ahora es necesario un reconocimiento que en ocasiones se dilata y la separación de dos cuerpos que han estado siempre juntos es frustrante para ambos.
En el hospital te encuentras en un medio hostil, normalmente poco acogedor, y el miedo y la incertidumbre te llevan a tomar decisiones en base a lo que solicita el personal médico, dejando de lado tu idea de un parto “humanizado”, sin estar tumbada en una camilla.
Pero esas primeras horas de exaltación en el recién nacido son vitales para que todo fluya normalmente. El instaurar la lactancia en los primeros minutos consigue unos mejores resultados, además de fomentar en la madre el aumento de la oxitocina (hormona del amor, que hace que se desencadene todo el proceso de bienvenida al mundo).
En absoluto quiero decir que lo de antes sea mejor que lo de ahora, ni viceversa. Confío en encontrar el equilibrio. Quizá España aún está lejos de otros países donde el 97% de las madres dan el pecho y los partos se dilatan el tiempo necesario sin oxitocina química.
Con la atención actual en el embarazo, parto y post-parto se reduce significativamente la mortalidad infantil. Las medidas de higiene son mejores y los conocimientos médicos han conseguido salvar barreras que parecían inquebrantables; sin embargo, perdemos ese toque de naturalidad y el aprendizaje a través de la observación.
Con todo, dar el pecho es un arte. Actualmente aprendemos a dar de mamar (a pesar de ser algo tan intuitivo, hay que dejarse guiar) a través de los conocimientos que nos inculcan los expertos, normalmente en el hospital: matronas, enfermeras… Pero no tenemos generalmente alguien en quien fijarnos de forma cercana. Las mujeres dan de mamar durante un tiempo muy limitado, y no siempre lo hacen de cara a otras personas.
Dar el pecho no deja de ser un acto íntimo, por muchas personas que te rodeen. Hacerlo delante de otros es una decisión de la madre (que puede sentirse incómoda) y del niño (que puede solicitar el pecho en cualquier momento, sin importarle nada más).
Cuando no sabes hacer algo, buscas referentes para aprenderlo. Yo no sabía dar de mamar porque no me fié de mí misma y no lo había visto hacer a nadie. Aunque lo imaginas, crees que tú no vas a ser capaz. Sin embargo, puse todas mis fuerzas en seguir las indicaciones de la enfermera de planta: una niña de veintipocos que veía niños a diario pero nunca había tenido uno en brazos, y mucho menos en su pecho.
Así, cometí errores que hoy no repetiría: dejé que se llevaran a mi bebé al nido por la noche, para que yo “descansara”, admití que le diesen un biberón glucosado mientras estaba separado de mí, utilicé pezoneras (de silicona, y de una marca concreta, porque “son las mejores” porque mi nene “no se enganchaba” y yo “no tenía pezón”), le di chupete para que no llorase, le mantuve nada más llegar a la habitación dos horas en su cuco con una bolsa de agua caliente, “para que no perdiese calor”… Un sin fin de cosas que hoy día no aceptaría.
El niño, al pecho, y debajo de mi camisón. Eso haría.
Además, llegados a este punto sería importante destacar una nueva diferencia que se ha instaurado en la sociedad moderna frente a la época anterior: las horas. Dar el pecho a demanda se está “poniendo de moda” pero siempre ha sido así. El niño mama lo que necesita y cuando lo necesita, y si se lo permitimos, hasta la edad que él desea. Sin embargo, no han sido (y son todavía) pocos los que le ponen tiempos a la lactancia. Es muy común dar de mamar a un recién nacido cada tres horas, y unos veinte minutos de cada pecho ¿quién puede disfrutar así de un acto tan maravilloso?
Si intentamos adecuar la lactancia materna a la artificial (y no al revés), conseguimos precisamente eso.
Una de las mejores cosas que tiene dar de mamar es, en mi opinión, que nunca sabes cuánto ha comido, y por supuesto, no tienes que tirar lo que ha dejado.